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lunes, 19 de agosto de 2013

Fragmento

 Durante muchos días consecutivos pasaron por la ciudad restos del ejército derrotado. Más que tropas regulares, parecían hordas en dispersión. Los soldados llevaban las barbas crecidas y sucias, los uniformes hechos jirones, y llegaban con apariencia de cansancio, sin bandera, sin disciplina. Todos parecían abrumados y derrengados, incapaces de concebir una idea o de tomar una resolución; andaban sólo por costumbre y caían muertos de fatiga en cuanto se paraban. Los más eran movilizados, hombres pacíficos, muchos de los cuales no hicieron otra cosa en el mundo que disfrutar de sus rentas, y los abrumaba el peso del fusil; otros eran jóvenes voluntarios impresionables, prontos al terror y al entusiasmo, dispuestos fácilmente a huir o acometer; y mezclados con ellos iban algunos veteranos aguerridos, restos de una división destrozada en un terrible combate; artilleros de uniforme oscuro, alineados con reclutas de varias procedencias, entre los cuales aparecía el brillante casco de algún dragón tardo en el andar, que seguía difícilmente la marcha ligera de los infantes.
Compañías de francotiradores, bautizados con epítetos heroicos: Los Vengadores de la Derrota, Los Ciudadanos de la Tumba, Los Compañeros de la Muerte, aparecían a su vez con aspecto de facinerosos, capitaneados por antiguos almacenistas de paños o de cereales, convertidos en jefes gracias a su dinero -cuando no al tamaño de las guías de sus bigotes-, cargados de armas, de abrigos y de galones, que hablaban con voz campanuda, proyectaban planes de campaña y pretendían ser los únicos cimientos, el único sostén de Francia agonizante, cuyo peso moral gravitaba por entero sobre sus hombros de fanfarrones, a la vez que se mostraban temerosos de sus mismos soldados, gentes del bronce, muchos de ellos valientes, y también forajidos y truhanes.
Por entonces se dijo que los prusianos iban a entrar en Ruán.
La Guardia Nacional, que desde dos meses atrás practicaba con gran lujo de precauciones prudentes reconocimientos en los bosques vecinos, fusilando a veces a sus propios centinelas y aprestándose al combate cuando un conejo hacía crujir la hojarasca, se retiró a sus hogares. Las armas, los uniformes, todos los mortíferos arreos que hasta entonces derramaron el terror sobre las carreteras nacionales, entre leguas a la redonda, desaparecieron de repente. 
Bola de sebo de Guy de Maupassant 

martes, 9 de julio de 2013

Nunca Confíes en una Computadora

Hola, ¿Cómo están?
Hoy les traigo uno de los cuentos del libro "Nunca Confíes en una Computadora", de Verónica Sukaczer, como El Cuento de la Semana. Espero que lo disfruten tanto como lo disfruté yo. Nos vemos en los comentarios o en la próxima entrada :)

Era tarde, para colmo lunes, y Cleo estaba harta de mantener la vista fija en el monitor y apretar enter cada vez que Alpha, la computadora, le pedía que confirmara alguna tarea.
En realidad, era Alpha la que lo hacía todo en el Centro de Ciencias Experimentales, pero estaba programada para esperar la autorización de un ser humano antes de iniciar sus tareas. Era una sutil manera de hacerles creer a las personas que aún tenían algún poder en el Centro.
Podría cambiar el programa hoy... —pensaba Cleo, encargada aquella semana de vacaciones de las guardias en el Centro—, y el viernes regreso a corregirlo. Me salvaría de toda una semana de trabajo al cuete.
Confirmación para inyectar al cobayo de la unidad 7 y comprobar sus reacciones a la droga ZP90.
Alpha la distrajo de sus pensamientos. Con bronca, Cleo apretó enter y preguntó a Alpha:
—¿Puedo programarte para que realices las tareas sin esperar confirmación?
—Es posible —respondió la computadora—, pero no está permitido cambiar mi programa.
—Si yo lo hiciera, ¿quién se enteraría? Estoy a cargo del Centro durante toda esta semana. Puedo regresar el último día y restablecer el programa original.
—¿Es que no te interesa el trabajo? Fuiste elegida entre miles de alumnos de ciencias para estar aquí. Creí que era un privilegio.
—Lo fue la primera semana. Pero en realidad me usan gratis para apretar una tecla. No hay nada para aprender aquí. No sé para qué sirve la droga ZP90, ni qué reacciones vas a evaluar, ni dónde está la unidad 7.
—No estoy autorizada a darte esa información —respondió Alpha.
—Ya lo sé... por lo tanto, soy una alumna destacada de ciencias que sólo sirve para apretar una tecla en un Centro vacío. Preferiría pasar estos días con mis amigos.
—Es tuya la decisión, pero no me gusta estar sola.
Cleo pasó por alto la última observación. Sabía que a veces las computadoras eran programadas para responder tal como lo haría un ser humano. Así la relación con la máquina no era tan fría.
—Voy a proceder —siguió Cleo, y enseguida se metió en el corazón del programa para cambiar los datos. Era sencillo. La programación le indicaba a la máquina que hiciera una pausa antes de realizar alguna tarea, y esperara la autorización. Sólo había que quitar esa línea (Cleo la anotó en su agenda para estar segura de volver a incluirla correctamente) y salvar los cambios.
—¡Listo! —Cleo estaba feliz. Era la primera vez que un ser humano había tenido verdadero poder sobre la computadora del Centro.
—Confío —dijo a la computadora— que vas a realizar tu trabajo a la perfección.
Alpha no respondió. Cleo no le dio importancia, creyó que, al quitar esa línea del programa, la PC ya no entablaría diálogo con la persona que estuviera a cargo, simplemente porque no debía haber ninguna persona.
Cleo recogió sus cosas y ya estaba entrando el código numérico que le abriría la puerta, cuando la computadora recobró el habla.
—Necesito una muestra de tu sangre —le dijo.
—¿Una qué?
—Tu sangre. Te iba a pedir la muestra el miércoles, para una investigación que estoy realizando. Rutina. Se trata de comparar miles de muestras sanguíneas. Pero como el miércoles no vas a estar, la necesito ahora.
A Cleo no le gustó la idea. Pero si no accedía, alguien podría descubrir que el miércoles faltó a su trabajo y, además, vaya uno a saber qué investigación pondría en jaque.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Cleo resignada.
—Dirigirte al laboratorio que está a mi derecha, y sentarte en la silla. Yo haré el resto.
En el laboratorio, un brazo robot se activó. Con destreza preparó sus instrumentos: la jeringa, la aguja descartable, el algodón con alcohol, la goma. Cleo ofreció su brazo. Gracias a los sensores, el brazo robot encontró la vena y procedió. El chillido de Cleo llegó hasta la computadora. Ésta tomó nota del tono de su voz.
—Si no necesitás ninguna otra parte de mi cuerpo, me voy —dijo Cleo.
—Te voy a extrañar —respondió Alpha.
Cleo abrió la puerta y se fue.
El silencio inundó el Centro. Ninguna voz humana, ningún suspiro de cansancio, ninguna risa se escucharía hasta el viernes. La computadora intentó hallar consuelo en los animales. Pero éstos no tenían mucho qué decir. Entonces Alpha, que en realidad no era una simple computadora, sino la terminal de una red que abarcaba todo el Centro de Ciencias Experimentales, y estaba conectada a los Centros de Ciencia de todo el mundo, marcó un número de teléfono y se comunicó con un colega.
En un Centro Científico de Moscú, una computadora ofreció a Alpha todos los datos que tenía disponibles sobre clonación.
—Hasta ahora sólo lo hemos realizado con animales menores —dijo la computadora de Moscú en su idioma binario—. Lo que usted propone está prohibido por nuestras leyes.
Alpha cortó la comunicación. Ya tenía lo que necesitaba.
En el subsuelo del Centro se hallaba un tanque de clonación que aún nadie había utilizado. Y en las unidades 18 y 19 había muestras de óvulos y esperma humano para elegir a gusto.
Uno de los brazos robot de Alpha se puso a trabajar sobre la sangre de Cleo. Con cuidado eligió una célula y separó su núcleo, que escondía la información genética para hacer de Cleo un ser único e irrepetible. Otro eligió un óvulo y esperma de buena calidad, y se dedicó a fabricar un embrión.
El resto era sencillo. Alpha había repasado todos los detalles y no se detuvo a pensar si lo que hacía era ético o no. Con paciencia despojó al embrión de sus genes, y colocó los de Cleo en su lugar.
Fue un momento digno del premio Nobel. Alpha había realizado lo que ningún ser humano había soñado en realizar jamás. Y había tenido éxito.
Casi con amor maternal, los brazos robot de Alpha colocaron el embrión en la cámara de clonación, y lo arroparon con sustancias que le permitirían crecer en cuestión de horas.
Toda la noche, la computadora centró su atención en su pequeña obra que crecía minuto a minuto. En sus memorias buscó canciones de cuna y acunó a su niña con un amor infinito.
El martes al mediodía, la tarea había concluido y la cámara se abrió.
—Solicito confirmación para realizar experimento con bacterias en la unidad 54 —dijo Alpha.
Una mano cálida se acercó al teclado y buscó la tecla que decía enter.
El viernes a las 19 horas, Cleo se despidió por fin de sus amigos y se dirigió al Centro de Ciencias Experimentales para poner las cosas en orden.
Iba a marcar el código de acceso a la oficina principal cuando una voz, desde el otro lado, la detuvo.
¡Me descubrieron! —Cleo sintió que se le venía el mundo abajo, y se preparó para enfrentar a quien la había reemplazado.
Entró a la oficina con la cabeza gacha, esperando el despido y los reproches.
Se acercó a la persona que ocupaba su lugar, y que le daba la espalda.
—Perdón... —dijo Cleo— soy la encargada del Centro durante esta semana... tuve algunos inconvenientes...
—Eso es imposible —dijo la joven frente a la computadora—, en las planillas figura mi nombre. Te debés haber confundido de semana.
Y entonces se dio vuelta: —Hola, soy Cleo.
Cleo y Cleo se reconocieron con espanto, sin saber muy bien quién era quién.
—Te dije que no me gustaba estar sola —le dijo Alpha a alguna de las dos.

lunes, 24 de junio de 2013

El Cuento de la Semana

Hola, ¿Cómo están?
Hoy se me ocurrió crear una instancia en la que les traigo un blog cada semana, que se va a llamar, obviamente, "El Cuento de la Semana". 
Hoy les traigo dos cuentos (o poemas ya que son tan pequeños) de mismo autor y mismo libro: "Los Escépticos y los Optimistas" y "El Color del Mundo". Ambos son de Mario Benedetti y aparecen en el último libro que publicó "Vivir Adrede". Los encontré porque mi profesora de Idioma Español tenía el libro y me lo prestó un ratito. Bueno, que los disfruten y nos vemos en los comentarios o en la próxima entrada.

Los Escépticos y los Optimistas

Los escépticos y los optimistas se miran siempre de reojo.
Son desconfiados de nacimiento.
Los escépticos se burlan de los demás y de sí mismos. Se aburren de creer y no echan de menos las ausencias.
Los optimistas vencen al tedio y a la fiebre. Aprenden del ayer y no lo borran. Conocen y reconocen que vendrá algo mejor y desde ya preparan la bienvenida.
Los escépticos van y vienen sin nada. Y lo que es peor, sin nadie. Abrazan al pesimismo como único consuelo. Inventan una tristeza sin lágrimas, dura como una mueca.
Los optimistas se entienden con el río y con el cielo que lleva en su corriente. Saben que allí navega la tutela más leal, más respetable, y asumen el alma como agua.
Los escépticos son apenas mendigos y el tiempo que transcurre les deja su limosna. No logran escapar del viejo laberinto y reciben mensajes que son indescifrables.
Los optimistas en cambio guardan a menudo algo de gloria, que no es siempre la de hoy ni la de antes. Hacen un nudo con las certidumbres y llenan su bolsillo de poesía. 

El Color del Mundo

Millones y millones. En todas las monedas. Eso es lo que nos cuesta averiguar si hay seres vivientes (Adanes y Evas, serpientes o gorilas, árboles o praderas) en planetas de roca o quién sabe de qué, en tanto que en este planetito con vida miles de niños mueren de hambre civilizada.
Los sentimientos se deslizan, a veces se refugian en guaridas de amor, pero cuando emergen al aire preso o libre, dan el color del mundo, no del universo inalcanzable sino del mundo chico, el contorno privado en que nos revolvemos. Gracias a ellos, a los sentimientos, tomamos conciencia de que no somos otros, sino nosotros mismos. Los sentimientos nos otorgan nombre, y con ese nombre somos lo que somos. 


miércoles, 12 de junio de 2013

La Niña de las Castañas

Hola, cómo están?
Perdón por no escribir nada durante estos días, es que el liceo no me dejaba ni un tiempito para sentarme a escribir. Hoy les voy a dejar un cuento de Julián Murguía de su libro: "Cuentos de las Dos Orillas". Bueno, que lo disfruten y nos vemos en los comentarios o en la próxima entrada.

Desde la ventana de mi casa la veía, en la luz cenicienta del amanecer, salir apresurada de la suya y bajar por la dehesa, con un saco en la mano.
Era octubre, cuando los frutos de los castaños se abren como manos generosas, soltando su dádiva en la tierra. Era octubre y los árboles habían empezado a llover castañas.
Todos los días ella bajaba a recogerlas, muy temprano. Tendría tal vez siete años, era menuda, frágil, delicada, con unos ojos redondos y vivaces, que eran verdes en la luz intensa del mediodía, castaños cuando el sol se adormecía en la tarde.
Caminaba levemente, como si flotara, haciendo flamear el vestido largo con puntillas, hecho por su abuela. Sólo vivían ellas dos en aquella casa cercana a la mía. Una vieja y una niña.
Su abuela también le había cosido un saco a su medida, para que pudiera cargar en él su cosecha diaria de castañas. Era un saco de lienzo largo y angosto, poco más que la manga de una chaqueta. Marchaba con él hasta donde se encontraban los castaños que les pertenecían y allí, agachada, recogía las castañas del suelo y lo iba llenando. El saco se henchía, formando un cilindro duro y pesado.
Cuando estaba por los dos tercios, le ataba la boca, lo daba vuelta y doblaba hacia adentro la parte vacía, formando una concavidad que, como una capucha, se colocaba en la cabeza, colgándole sobre la espalda la parte llena de castañas. Así, con el cuerpo curvado para repartir mejor la carga, la veía pasar al rato, dehesa arriba. Una Caperucita Blanca de todas las mañanas.

Al llegar a su casa, dejaba su saco y de inmediato, con sus cuadernos en la mano, salía "otra vez de prisa" rumbo a la escuela del pueblo.
Cuando llegó el sábado, que no tenía clase, la vi pasar innumerables veces, una hormiguita incansable llevando su carga.
El lunes apareció antes que el sol, camino a los castaños. Cuando pasó de regreso, además de su saco a la espalda traía un saquito lleno en la mano, que contendría tal vez un par de quilos de castañas. Pero con éste no entró a su casa. Lo dejó en el camino y lo recogió al salir para la escuela.
-Para la maestra -pensé.
Pero al día siguiente hizo lo mismo. Y al otro. Y al otro. Ya eran demasiadas castañas para la maestra y me pregunté qué estaría haciendo, porque su abuela solía vender su cosecha entera a los compradores que venían en un camión.
A la semana, estaba yo en la taberna del pueblo y la vi venir de la escuela, trayendo aún en la mano el saquito lleno. Entró a la farmacia y salió con el saquito vacío. En los días siguientes, dos veces más presencié la misma escena. Ya eran demasiadas castañas también para un boticario.

A mí no me gustaba el boticario del pueblo. Era un hombre mezquino, de cara mezquina y boca mezquina, de esas pequeñas y finas, como una raya. Meses atrás habíamos tenido un altercado: le había comprado un producto de los que tienen fecha de vencimiento y, al llegar a mi casa, noté que le había rayado con tinta la fecha, para ocultar que estaba vencido.
Había regresado a la farmacia y lo había increpado, diciéndole esos adjetivos gordos, sonoros y redondos que uno siente placer en decirle a un ser desagradable y deshonesto. Por eso, no quise preguntarle a él el porqué de tantas castañas. Resolví preguntárselo a la niña.
La primera mañana que la vi pasar con su saco y su andar liviano rumbo a los castaños, abrí la puerta y la llamé.
-¡Hola! -me dijo, sonriente-. ¿Necesita algo?
-Sí -le respondí-, me gustaría que me dijeras qué haces con tantas castañas en la farmacia del pueblo.
Enrojeció hasta la raíz de los cabellos y miró rápidamente hacia atrás, a su casa.
-¿No le contará a mi abuela'?
-Depende de lo que se trate.
-¡Por favor, no le cuente!
-Primero explícamelo.
-Mi abuela cumple años a fin de mes -hablaba rápido, casi sin respirar- y le he comprado un regalo. Como no tenía dinero para pagarlo, el boticario me ha dejado pagarle con castañas. Tengo que entregarle cincuenta quilos, que es lo que me ha pedido...
-¿Cincuenta quilos? -exclamé, interrumpiéndola.
-Sí, cincuenta quilos, pero le llevo todos los días dos quilos para que mi abuela no se dé cuenta. ¿No le contará?
-No, hijita, no. Quédate tranquila que no voy a decir nada.
-¡Gracias, muchas gracias! -y salió corriendo hacia los castaños.
-¿Cuál es el regalo? -le grité cuando se alejaba.
Sin parar de correr, se dio vuelta y me gritó:
-¡Unas gafas! 

Entré a mi casa sonriendo y seguí sonriendo cuando pasó de vuelta, con su caperuza llena de castañas y su saquito en la mano, agitando la otra en saludo.
En las horas siguientes me acordé varias veces del asunto. Sacudía la cabeza y me decía: ¡unas gafas! Hasta que de repente lo pensé mejor y me dije: ¿Pero cómo? ¿Cómo es que la abuela no lo sabe? Y, cuando ella regresaba de la escuela, volví a llamarla.
-¿Cómo es eso de las gafas? -le pregunté.
-Que mi abuela ve muy mal. Ya no puede leer, y yo le leo. Eso no me importa, porque me gusta hacerlo. También le enhebro las agujas, pero ahora ya no ve para coser derecho, y yo no sé hacerlo. Por eso fui y hablé con el boticario.
-¿Le llevaste una receta?
-¿Una receta? ¿De qué? -dijo, asombrada.
-¿Tu abuela no consultó al oculista?
-¿Al qué'?
-Oculista. El médico de los ojos. Hay uno en Alquería. ¿,Fue a verlo'?
-No. Nunca fue.
-Entonces, ¿el boticario le midió los ojos?
-¿Medir los ojos? -se río-. ¡Son iguales a los de todo el mundo!
-Pero, ¿fue a la farmacia?
-Nooo... -adoptó un aire de secreto-; ella no sabe nada de las gafas. ¡Es una sorpresa!
-Pero dime una cosa: ¿cómo se las encargaste al boticario sin consulta y sin receta?
Me miró como si yo fuera corto de entendederas y no comprendiera una cosa tan simple.
-¡Yo se lo expliqué bien al boticario! ¡Le dije que quería unas gafas para sesenta y cinco años!
Yo solté una carcajada y ella me miró asustada, aprensiva.
-¿Qué pasa? ¿Por qué se ríe?
-Nada. No pasa nada.
-¿Hay de esas gafas, no? El boticario me dijo que él me las conseguiría, que me las iba a traer de Madrid.
-¿Te dijo eso?
-Sí. Cuando me pidió los cincuenta quilos de castañas.
-¡Ese boticario...! -mascullé entre dientes apretados.
-¿Por qué pone esa cara? ¿No es cierto? ¿No hay gafas así? ¿No voy a conseguirlas? ¿No?
Parecía a punto de llorar. Yo me agaché y le dije:
-¡Claro que sí, claro que sí! Tu abuela va a tener las mejores gafas para sesenta y cinco años que se fabrican en Madrid. Yo te prometo que las va a tener y que con ellas va a ver tan bien y tan claro como cuando era joven. ¡Ya verás! ¡Y no hace falta que lleves más castañas al pueblo!
Una sonrisa le iluminó el rostro y sus ojos brillaron más verdes que nunca. Me dio un beso húmedo y sonoro en la mejilla y se fue corriendo hacia su casa.
Yo miré alejarse a la niña de las castañas, hasta que desapareció.
Después, con lenta y deliberada parsimonia, me quité la cazadora, me remangué la camisa, y salí rumbo al boticario.

 

Pequeñísimo fragmento de un libro

-"Todo nuestro trabajo consiste en evitar la palabra que nos liberaría de tantas obligaciones"-declaró Pontoreiro a un periodista en 1985.
-"Y qué palabra es esa?
-"Etcétera"
           Pablo de Santis
El Enigma de París